Y Charles Mingus llegó un día al Galliani. Con un acompañamiento de lujo que incluye a pesos pesados como Gerry Mulligan y Benny Bailey. Es un concierto en Montreaux en 1975, e incluye temas como "Devil Blues", "Free Cell Block F", "Tis Nazi USA", "Sué´s Changes", "Goodbye Pork Pie Hat" y otros. Esta es la primera presentación de Mingus en el mundialmente famoso festival suizo. Una hora y pico a puro jazz con el contrabajo mas famoso de todos los tiempos. AMIGOS DEL JAZZ / SALADILLO te invita una vez más a disfrutar en el Galliani. Un exquisito intérprete para la tercera noche en el Galliani Jazz 07...martes, 9 de octubre de 2007
Mingus en el Galliani
Y Charles Mingus llegó un día al Galliani. Con un acompañamiento de lujo que incluye a pesos pesados como Gerry Mulligan y Benny Bailey. Es un concierto en Montreaux en 1975, e incluye temas como "Devil Blues", "Free Cell Block F", "Tis Nazi USA", "Sué´s Changes", "Goodbye Pork Pie Hat" y otros. Esta es la primera presentación de Mingus en el mundialmente famoso festival suizo. Una hora y pico a puro jazz con el contrabajo mas famoso de todos los tiempos. AMIGOS DEL JAZZ / SALADILLO te invita una vez más a disfrutar en el Galliani. Un exquisito intérprete para la tercera noche en el Galliani Jazz 07...lunes, 8 de octubre de 2007
Monk y una crónica de Cortázar
En 1966 Julio Cortazar escribió este relato con motivo de un concierto de Thelonious Monk en Ginebra. Fué en el marco de la gira de la cual veremos proximamente en el Galliani un par de conciertos. Pero bueno, aquí va lo prometido.

La vuelta al piano de Thelonious Monk
Concierto del cuarteto de Thelonious Monk en Ginebra, marzo de 1966
En Ginebra de día está la oficina de las Naciones Unidas pero de noche hay que vivir y entonces de golpe un afiche en todas partes con noticias de Thelonious Monk y Charles Rouse, es fácil comprender la carrera al Victoria may para fila cinco al centro, los tragos propiciatorios en el bar de la esquina, las hormigas de la alegría, las veintiuna que son interminablemente las diecinueve y treinta, las veinte, las veinte y cuatro, el tercer whisky, Claude Tarnaud que propone una fondue, su mujer y la mía que se miran consternadas pero después se comen la mayor parte, especialmente el final que siempre es lo mejor de la fondue, el vino blanco que agita sus patitas en las copas, el mundo a la espalda y Thelonious semejante al comenta que exactamente dentro de cinco minutos se llevará un pedazo de la tierra como en Héctor Servadac, en todo caso un pedazo de Ginebra con la estatua de Calvino y los cronómetros de Vacheron & Constantin.
Ahora se apagan las luces, nos miramos todavía con ese ligero temblor de despedida que nos gana siempre al empezar un concierto (cruzaremos un río, habrá otro tiempo, el óbolo está listo) y ya el contrabajo levanta su instrumento y lo sondea, brevemente la escobilla recorre el aire del timbal como un escalofrío, y desde el fondo, un oso con un birrete entre turco y solideo se encamina hacia el piano poniendo un pie delante de otro con un cuidado que hace pensar en minas abandonadas o en esos cultivos de flores de los déspotas sasánidas en que cada flor hollada era una lenta muerte de jardinero. Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio, porque el recorrido tangencial de Thelonious por el escenario tiene algo de riesgoso cabotaje fenicio con probables varamientos en las sirtes, y cuando la nave de oscura miel y barbado capitán llega a puerto, la recibe el muelle masónico del Victoria may con un suspiro como de alas apaciguadas, de tajamares cumplidos. Entonces es Pannonica, o Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado, las burdas zarpas bondadosas yendo y viniendo entre abejas desconcertadas y hexágonos de sonido, ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk.
Pero eso no se explica: A rose is a rose is a rose. Se está en una tregua, hay intercesor, quizá en alguna esfera nos redimen. Y luego, cuando Charles Rouse da una paso hacia el micrófono y su saxo dibuja imperiosamente las razones por las que está ahí, Thelonious deja caer las manos, escucha un instante, posa todavía un leve acorde con la izquierda, y el oso se levanta hamacándose, harto de miel o buscando musgo propicio a la modorra, saliéndose del taburete se apoya en el borde del piano marcando el ritmo con un zapato y el birrete, los dedos van resbalando por el piano, primero al borde mismo del teclado donde podría haber un cenicero y una cerveza pero no hay más que Steinway & Sons, y luego inician imperceptiblemente un safari de dedos por el borde de la caja del piano mientras el oso se hamaca cadencioso porque Rouse y el contrabajo y el percusionista están enredados en el misterio mismo de su trinidad y Thelonious viaja vertiginosamente sin moverse, pasando de centímetro en centímetro rumbo a la cola del piano a la que no se llegará, se sabe que no llegará porque para llegar le haría más tiempo que a Phileas Fogg, más trineos de vela, rápidos de miel de abeto, elefantes y trenes endurecidos por la velocidad para salvar el abismo de un puente roto, de manera que Thelonious viaja a su manera, apoyándose en un pie y luego en otro sin salirse del lugar, cabeceando en el puente de su Pequod varado en un teatro, y cada tanto moviendo los dedos para ganar un centímetro o mil millas, quedándose otra vez quieto y como precavido, tomando la altura con un sextante de humo y renunciando a seguir adelante y llegar al extremo de la caja del piano, hasta que la mano abandona el borde, el oso gira paulatino y todo podría ocurrir en ese instante en que le falta el apoyo, en que flota como un alción sobre el ritmo donde Charles Rouse está echando las últimas vehementes largas pinceladas de violeta y de rojo, el oso se balancea amablemente y regresa nube a nube hacia el teclado, lo mira como por primera vez, pasea por el aire los dedos indecisos, los deja caer y estamos salvados, hay Thelonious capitán, hay rumbo por un rato, y el gesto de Rouse al retroceder mientras desprende el saxo del soporte tiene algo de entrega de poderes, de legado que devuelve al Dogo las llaves de la serenísima.
En Ginebra de día está la oficina de las Naciones Unidas pero de noche hay que vivir y entonces de golpe un afiche en todas partes con noticias de Thelonious Monk y Charles Rouse, es fácil comprender la carrera al Victoria may para fila cinco al centro, los tragos propiciatorios en el bar de la esquina, las hormigas de la alegría, las veintiuna que son interminablemente las diecinueve y treinta, las veinte, las veinte y cuatro, el tercer whisky, Claude Tarnaud que propone una fondue, su mujer y la mía que se miran consternadas pero después se comen la mayor parte, especialmente el final que siempre es lo mejor de la fondue, el vino blanco que agita sus patitas en las copas, el mundo a la espalda y Thelonious semejante al comenta que exactamente dentro de cinco minutos se llevará un pedazo de la tierra como en Héctor Servadac, en todo caso un pedazo de Ginebra con la estatua de Calvino y los cronómetros de Vacheron & Constantin.
Ahora se apagan las luces, nos miramos todavía con ese ligero temblor de despedida que nos gana siempre al empezar un concierto (cruzaremos un río, habrá otro tiempo, el óbolo está listo) y ya el contrabajo levanta su instrumento y lo sondea, brevemente la escobilla recorre el aire del timbal como un escalofrío, y desde el fondo, un oso con un birrete entre turco y solideo se encamina hacia el piano poniendo un pie delante de otro con un cuidado que hace pensar en minas abandonadas o en esos cultivos de flores de los déspotas sasánidas en que cada flor hollada era una lenta muerte de jardinero. Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio, porque el recorrido tangencial de Thelonious por el escenario tiene algo de riesgoso cabotaje fenicio con probables varamientos en las sirtes, y cuando la nave de oscura miel y barbado capitán llega a puerto, la recibe el muelle masónico del Victoria may con un suspiro como de alas apaciguadas, de tajamares cumplidos. Entonces es Pannonica, o Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado, las burdas zarpas bondadosas yendo y viniendo entre abejas desconcertadas y hexágonos de sonido, ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk.
Pero eso no se explica: A rose is a rose is a rose. Se está en una tregua, hay intercesor, quizá en alguna esfera nos redimen. Y luego, cuando Charles Rouse da una paso hacia el micrófono y su saxo dibuja imperiosamente las razones por las que está ahí, Thelonious deja caer las manos, escucha un instante, posa todavía un leve acorde con la izquierda, y el oso se levanta hamacándose, harto de miel o buscando musgo propicio a la modorra, saliéndose del taburete se apoya en el borde del piano marcando el ritmo con un zapato y el birrete, los dedos van resbalando por el piano, primero al borde mismo del teclado donde podría haber un cenicero y una cerveza pero no hay más que Steinway & Sons, y luego inician imperceptiblemente un safari de dedos por el borde de la caja del piano mientras el oso se hamaca cadencioso porque Rouse y el contrabajo y el percusionista están enredados en el misterio mismo de su trinidad y Thelonious viaja vertiginosamente sin moverse, pasando de centímetro en centímetro rumbo a la cola del piano a la que no se llegará, se sabe que no llegará porque para llegar le haría más tiempo que a Phileas Fogg, más trineos de vela, rápidos de miel de abeto, elefantes y trenes endurecidos por la velocidad para salvar el abismo de un puente roto, de manera que Thelonious viaja a su manera, apoyándose en un pie y luego en otro sin salirse del lugar, cabeceando en el puente de su Pequod varado en un teatro, y cada tanto moviendo los dedos para ganar un centímetro o mil millas, quedándose otra vez quieto y como precavido, tomando la altura con un sextante de humo y renunciando a seguir adelante y llegar al extremo de la caja del piano, hasta que la mano abandona el borde, el oso gira paulatino y todo podría ocurrir en ese instante en que le falta el apoyo, en que flota como un alción sobre el ritmo donde Charles Rouse está echando las últimas vehementes largas pinceladas de violeta y de rojo, el oso se balancea amablemente y regresa nube a nube hacia el teclado, lo mira como por primera vez, pasea por el aire los dedos indecisos, los deja caer y estamos salvados, hay Thelonious capitán, hay rumbo por un rato, y el gesto de Rouse al retroceder mientras desprende el saxo del soporte tiene algo de entrega de poderes, de legado que devuelve al Dogo las llaves de la serenísima.
de La vuelta al día en ochenta mundos, Tomo II, Julio Cortázar (1967)
sábado, 6 de octubre de 2007
Charles Mingus: vida y obra

Irascible, exigente, matón y probablemente genio, Charles Mingus se estableció como un ícono en el jazz de la segunda mitad del siglo 20, creando un patrimonio universalmente aplaudido sólo después de su muerte. Como contrabajista, pocos han llegado a su nivel. Mingus tenía un tono potente y un sentido pulsante del ritmo, capaz de elevar el instrumento por sobre el resto de la banda hacia la línea delantera, front line. Si Mingus hubiera sido solamente un gran contrabajista, pocos recordarían su nombre hoy día. Fue el mejor contrabajista - líder - compositor que el jazz haya conocido, alguien que siempre mantuvo su oído en el pulso, espíritu y espontaneidad del feroz poder expresivo del jazz... Así comienza la breve biografía de Charles Mingus, en la cual su autor, Roberto Barahona, nos cuenta un poco como fué la vida y la obra de este grande que tendremos el viernes 12 en el Galliani. Visitala en Charles Mingus por Roberto Barahona
Dos joyitas de Elvin Jones

Como aperitivo de lo que será la noche del 26 de octubre, acá tenemos dos perlitas del genial Elvin Jones en youtube. Una es un solo y la otra en vivo, en Italia, en los 80. A disfrutar amigos!
Elvin Jones solo http://youtube.com/watch?v=3wfVhwPnjeQ
Elvin Jones Live in Italy 1982 http://youtube.com/watch?v=g3svCBV36rM
Y el Duke un día pasó por el Galliani...

Ayer, con un buen marco de público, pudimos disfrutar de lo anunciado: Duke Ellington en solo, trío y octeto. Un poco más de una hora de jazz en compañía de amigos de la causa. Algunas sorpresas y no tan sorpresas: Rufus Jones y Cat Anderson, en el medio de muchos virtuosos que acompañaban al bueno de Ellington. TAmbién se pudieron ver algunas grajeas de Mingus y Monk, nuestros próximos invitados. Agur! amigos y a seguir disfrutando.
miércoles, 3 de octubre de 2007
Duke Ellington el viernes en el Galliani

El viernes en el Galliani presentamos la segunda noche de jazz con la proyección de sendas sesiones del Duque en Copenhagen. En sesiones solo, en trío y en octeto, grabadas en el año 1967. Producido por la televisión danesa, Ellington se presenta acompañado, entre otros, por Paul Gonsalves, Johnny Hodges, Harry Carney, Cat Anderson y Rufus Jones. Y presenta temas como "The Jeep Is Jumpin", "Sophisitcated Lady", "Jam with Sam", "Lotus Blossom", "Mood Indigo", y la versión definitiva de "Take the 'A' Train". Compositor, arreglador, intérprete e icono cultural, Ellington es el representante por antonomasia de la música norteamericana. Los esperamos en el viernes 5, a las 22:00 en el Auditorio Galliani.
lunes, 1 de octubre de 2007
Agenda/jazz: Hilliard Greene en La Plata

Nueva presentación del quinteto con la visita del contrabajista neoyorquino Hilliard (Hill) Greene, abordando un repertorio en el que se combinan las raíces del jazz afroamericano con nuestros ritmos sudamericanos
Hilliard Greene (USA) contrabajo
Pocho Lapouble batería
Alejandro Demogli guitarra
Pepe Angelillo piano
Pablo Ledesma saxofones alto y soprano
miércoles 10 de Octubre/21.30hs/Ciudad Vieja/17 y 71/La Plata
Hillard Greene: http://home.earthlink.net/~hilliardg/Virtuoso contrabajista neyorquino comenzo sus estudios en Berklee College of Music en Boston y en la University of Northern Iowa. Hillard Greene toco y grabo con Pilares del Jazz americano como : Cecil Taylor, Don Pullen, Kenny Barron, Bobby Watson, Rashied Ali, Jimmy Scott, Village Vanguard Orchestra, Steve Swell, Barry Altschul etc, Como asi tambien con musicos de la nueva generacion de jazz como Jacky Terrasson, Joanne Brackeen , Yoron Israel, Cindy Blackman, Charles Gayle, Jack Walrath, Dave Douglas, ,etc. Greene toca habitualmente en el area de New York City y realiza giras por Europa, Japon y Sud America. Ademas dicta clases en la renombrada universidad neyorquina The Bass Colletive http://www.thecoll.com/.
The Jazz Expressions, led by Bassist Hilliard Greene, may be the best supporting group currently backing a singer.--Bob Blumenthal, Boston Globe
Hilliard Greene (USA) contrabajo
Pocho Lapouble batería
Alejandro Demogli guitarra
Pepe Angelillo piano
Pablo Ledesma saxofones alto y soprano
miércoles 10 de Octubre/21.30hs/Ciudad Vieja/17 y 71/La Plata
Hillard Greene: http://home.earthlink.net/~hilliardg/Virtuoso contrabajista neyorquino comenzo sus estudios en Berklee College of Music en Boston y en la University of Northern Iowa. Hillard Greene toco y grabo con Pilares del Jazz americano como : Cecil Taylor, Don Pullen, Kenny Barron, Bobby Watson, Rashied Ali, Jimmy Scott, Village Vanguard Orchestra, Steve Swell, Barry Altschul etc, Como asi tambien con musicos de la nueva generacion de jazz como Jacky Terrasson, Joanne Brackeen , Yoron Israel, Cindy Blackman, Charles Gayle, Jack Walrath, Dave Douglas, ,etc. Greene toca habitualmente en el area de New York City y realiza giras por Europa, Japon y Sud America. Ademas dicta clases en la renombrada universidad neyorquina The Bass Colletive http://www.thecoll.com/.
The Jazz Expressions, led by Bassist Hilliard Greene, may be the best supporting group currently backing a singer.--Bob Blumenthal, Boston Globe
As usual, Hill Greene created a resonating musicality, with full focus and emotional pathos...Hill Greene has a bright future as Solo Bassist, Composer, Accompanist, and Music Director.-- Roberta Zlokower, RobertaOnTheArts.com...
An onslaught of rhythmic accompaniment by Hill Greene...was loud, fast, and visceral. ...[His] work on the upright bass was diverse and committed. On the funk grooves, generally associated with the electric bass guitar, he was convincingly adept, wielding the larger instrument with ease. His solos, whether arco or pizzicato, used the full potential of the instrument, including choral effects and contrivances.--Richard Mayer, Green Mountain Jazz Messenger
An onslaught of rhythmic accompaniment by Hill Greene...was loud, fast, and visceral. ...[His] work on the upright bass was diverse and committed. On the funk grooves, generally associated with the electric bass guitar, he was convincingly adept, wielding the larger instrument with ease. His solos, whether arco or pizzicato, used the full potential of the instrument, including choral effects and contrivances.--Richard Mayer, Green Mountain Jazz Messenger
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