domingo, 13 de abril de 2008

Monk, por Laurent de Wilde



Hoy le ofrecemos un fragmento de este interesante libro en el cual Laurent de Wilde nos cuenta la vida de Monk. Este pasaje nos refiere la importancia del bajista y el baterista en el jazz... ¿y saben qué? en cuanto lo leí me sentí completamente identificado con lo dicho por el autor. También en lo que se refiere al estilo de Monk, pasaje que reproduciremos más adelante... a disfrutarlo!


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Cuando miramos un protozoo a través de un microscopio parece que baila la música de un disco de James Brown a 78 revoluciones. Yen cuanto a los cilios vibrátiles del paramecio, recuerdo que en clase de ciencias naturales no podía evitar imaginarme en la punta de cada uno de ellos un címbalo minúsculo o un tambor, tocando también una música micros­cópica. ¡Qué orquesta! ¡Sería impresionante! Y el hombre, ¿cómo es concebido? Con ritmo, ¡con el de los resortes de un somier! Con ritmo, cuando se expulsa el feto del vientre de la madre tras las contracciones regulares, con ritmo durante las primeras experiencias del sueño, de la alimentación, ¡con ritmo, con ritmo! Reducidos, prolongados, más breves, incluso algunos que duran una milésima de segundo, otros más largos que duran diez años, otros que se cruzan y se responden, los que obstaculizan el giro de las ruedas u otros que te hinchan como un globo. Estos ritmos no los escogemos, al igual que no escogemos el día de nuestro nacimiento, porque uno no pue­de avanzarse al ritmo. Así que, efectivamente, gloria para aque­llos manilas talentosos que saben ordenar este ritmo, que lo hacen girar sobre sí mismo, que lo enrollan, lo desvían, lo do­mestican y lo introducen en su pequeña caja de música, como hacían antaño los hombres primitivos con el fuego.
He aquí por qué el bajista y el baterista son tan importantes. ¡Se merecen corona, traje púrpura, incienso y joyas! ¡El respe­to que se les debe! ¡Temor, respeto reverencial incluso! Un poco de mala fe de su parte y la noche se va al traste, se echa todo a perder. Con un saxofonista nulo, un piano desafinado, nos las arreglaremos, aunque nos obstaculice un poco, pero no significa que la ceremonia se vaya al traste. En cambio, cuando un baterista o un bajista no saben hacer su trabajo, se desmorona el edificio entero. No solemos prestar atención a estas dos figuras, con la excusa de que tocan todo el rato. Nos acostumbramos a ellos, forman parte del mobiliario. De vez en cuando, el resto de la orquesta deja de tocar y descubrimos, no sin sorpresa, que el bajista tiene tal vez un alma y que el bateris­ta es capaz de sutilezas. Pero por poco que sea, uno u otro dejan de tocar, y se produce la caída libre. ¡Irrevocable! Además, basta con ver la expresión de angustia de los miembros de la orquesta cuando el bajista llega tarde al concierto: sin él, hay que cancelar. El trompetista puede haber perdido los dientes y el pianista el movimiento de su mano derecha. Son sólo gajes del oficio, podemos continuar sin ellos. Pero ¿sin bajista? Olvi­démoslo. Y lo saben, los muy cerdos, no podemos reprochárse­lo, es como reprocharle al sol que se levante por la mañana, es así y punto. Tienen en sus manos el poder de la gravedad: no hay nadie por debajo del bajista, por tanto, él es quien debe obligatoriamente llevar la razón. Si toca una nota falsa, pues bien, suena como si el pianista se hubiese equivocado. Son las leyes del oído humano: oímos de abajo arriba, hay que empe­zar a acostumbrarse: el bajista siempre tiene razón, y no se hable más.
En cuanto al baterista, lo mismo: junto al bajista, es él quien asienta, quien amplifica el tiempo. El bajista hace un bosquejo del tiempo, una simple pulsación primordial, y el baterista lo dibuja con tinta china. Precisión cristalina del plato. Los comentarios densos y sagaces de la caja y del bombo. Relieves, contornos, sobreentendidos, puertas que se abren y se cierran en un temblor de parche. Y si el baterista decide tocar «Summertime» en tango, no podemos hacer más que seguir adelan­te, porque podremos siempre maldecirlo después del concier­to, pero en el momento hay que secundarlo. Es la figura del gafe pero al revés: cuando no lo seguimos es cuando empiezan los problemas... El bajo y la batería son los instrumentos de la orquesta que nos mantienen en contacto con la belleza anti­gua del ritmo: la cuerda de tripas que pulsamos, el parche de los tambores que azotamos, no hay nada más carnal ni más ani­mal que esto.
Imaginemos una cabra: tenemos las tripas para hacer las cuerdas, la piel para los tambores, los huesos son baquetas bas­tante aceptables, y nos comemos el resto con el sentimiento de no haber perdido la jornada. ¡Una orquesta de cuatro patas! En cambio, los demás instrumentos ya son asunto de ingenie­ría. ¿Cuántas piezas en la maquinaria de un piano? ¿Cuántos codos entre la embocadura y el pabellón de la trompeta? Y las llaves del saxofón, ¿cómo funcionan todos estos tapones? Difí­cil de decir. Pero un bajo o una batería, hasta un niño de tres años sabe perfectamente cómo funcionan. Se cogen las baque­tas, se tensa el parche, se golpea, empieza la música. Hace ya mucho tiempo que andan en la música, este par, y estamos tan acostumbrados averíos desde el principio de los tiempos..., tanto es así que ya no nos fijamos en ellos, son uña y carne. En bebop, se encuentran solos ante el peligro. Adiós a los cálidos acordes de la guitarra que despejan el camino al bajista y alige­ran la vía al baterista.
Estos dos pesos pesados es necesario que se entiendan. Si se enfrentan el uno contra el otro, la cosa no funciona. Tienen que estar uno dentro del otro para que la música funcione, y esto no ocurre necesariamente todos los días. Es una experien­cia zen. Uno crea el rojo, el otro el amarillo y, juntos, forman un gama bella y sagrada de color naranja. Los grados de color están prohibidos; ni sombras a medias, ni mechas de amarillo ni ligeras manchitas de goteo. Una buena sección rítmica es una gama pura color naranja, suave y homogénea. Debería funcionar de una manera perfectamente fluida, el tiempo es como un río cuyo caudal controlan el bajista y el baterista al litro. Uno en cada orilla, los barqueros del tiempo. Y luego, el piano. Irrumpió hace poco en la música como una maquinaria compleja, una pesadilla compleja de politécnico. La orquesta bajo los dedos. Instrumento de percusión, melódico, armónico, el rey de la jungla. Una invención diabólica que se permite prescindir de los otros instrumentos. De comprenderlos, de engullirlos, de explicarles quién hace el qué. el intelectual de la familia, el que imparte lecciones. El mueble, también. Martillos, pedales, apagadores, madera, hierro colado, cuero, acero, muelles, fieltro, tornillos, marfil. Una verdadera mole. El único instrumento cuyo usuario no afina él mismo. El piano da de comer a los transportes de mudanzas, a los afinadores y a los pianistas. Una familia para él solo. Un instrumento noble, complejo, imponente.
Ha tardado tiempo en incorporarse al bajo y a la batería. Empezó al margen de todos, desviándose del repertorio clási­co del que había nacido. Cuando se trataba de expresar un ritmo y una armonía estable y bailable, recurría al procedi­miento desbrozado por los pianistas románticos, que se convir­tió más tarde en el estilo stride. Pero en la época de Monk todo esto había cambiado. Empezaba a imponerse un nuevo sonido de jazz. De entrada con Basie, que simplificaba la expresión del ritmo hasta su quintaesencia y colocaba el piano con toda libertad por debajo de esta alfombra mullida: ahora está com­probado que es posible hacer más swing con menos notas, dejándole todo el trabajo al bajo, a la batería y a la guitarra. Y después los boppers exigieron proezas al piano propulsando la música hacia nuevas cumbres.
Un pianista moderno tiene, por tanto, una relación espe­cial con «su» baterista o «su» bajista. Porque su instrumento lleva martillos, y ello lo acerca a la batería, y como tiene cuer­das, lo acerca al bajo. Su lugar en la sección rítmica queda, por consiguiente, más desapegado, más ambiguo que el de sus colegas, el bajista y el baterista. Si le apetece, dejará de tocar durante algunos compases y le confiará al contrabajo la tarea de definir la armonía y a la batería el ritmo. Sugerirá nuevas direcciones armónicas, le pisará los talones al solista y se aleja­rá unos instantes después. Ahora contigo, ahora sin ti. O bien abre, o cierra. Está presente en el ritmo, de repente no lo está. Nada que ver con los otros dos que expresan constantemente la pulsación mediante el brazo o las piernas: un pianista no tiene la posibilidad de dejar que su cuerpo hable para expre­sar el tiempo. Basta con mirar su pie, él sólo deja correr este fluido. Y en cuanto a las manos, con la palma de la mano, que no son más que cinco centímetros cuadrados de piel, excita un mueble de quinientos kilos. Un combate desigual... (continuará)

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